Mostrando entradas con la etiqueta Isabel Martínez Moreno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isabel Martínez Moreno. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de enero de 2013

Mo no es una vaca cualquiera


Isabel Martínez Moreno//


Al volver la vista atrás contemplamos con asombro que tal o cual hecho nos ha marcado, que las dificultades de entonces son experiencias ahora y descubrimos que hemos evolucionado. Eso es lo que experimenta la protagonista de Memorias de una vaca. Una obra de Bernardo Atxaga (seudónimo de José Irazu Garmendia) en la que Mo  realiza una curiosa reflexión sobre la condición humana desde el punto de vista de este animal de rabo y cuernos. Ésta describe detalladamente su vida desde su nacimiento en el establo de Balanzategui hasta su llegada a un convento de la mano de  Pauline Bernardette. Su periplo vital transcurre en paralelo a una afirmación que la marcará desde su llegada al mundo, cuando otra vaca, La Vache que Rit, le dice que “no hay nada más tonto que una vaca tonta”. Algo que unido a las ilusiones de Mo por ser caballo o gato le llevarán continuamente a luchar por demostrar que ella no es una vaca tonta. Quiere desvincularse del resto de sus compañeras de pesebre que únicamente se preocupan de pastar y dormir. Por eso observa con detenimiento todo cuando le rodea y de vez en cuando, no siempre porque se cansa, reflexiona sobre aquello que ve.

Además, cuenta con el inexorable apoyo de El Pesado, su conciencia interior que la pone a prueba continuamente para que use la lógica y pueda pasar de ser una vaca Alfa a una Omega. De hecho, es curioso como éste la insta una y otra vez a sentirse orgullosa de su condición de vaca, hasta el punto de contarle la historia de la “Vaca” de Troya.

El conjunto de la obra, ambientado en el País Vasco durante la Guerra Civil y los años posteriores,  está marcado por la Ruleta de los Secretos que se ocultan en las tierras de la señorita Genoveva y los misteriosos hombres, que de vez en cuando, bajan de los bosques hasta la casa de ésta. Así como por las aventuras de la monja que acompañará a Mo en la segunda etapa de su vida, cuando ya es una vaca libre. Sin embargo, nada es lo que parece y cuando todo ha dado las vueltas necesarias, porque como explica El Pesado no es bueno precipitarse, esta vaca descubre la verdad acerca de los misterios que rodean su primera casa.

De hecho, a través de la narración observamos cómo ha evolucionado este animal hasta convertirse definitivamente en una vaca Omega, como le reclamaba su conciencia. Las partes del relato referidas a Balanzategui están marcadas por la incertidumbre, el deseo de saber y averiguar. Se trataba de una vaca joven que veía pero estaba aprendiendo a mirar. Sin embargo, las historias del convento están cargadas de humor y tranquilidad. Mo ya es capaz de reflexionar sobre su experiencia y de ahí que sienta la necesidad de plasmarla.

Asistimos a un ir y venir de recuerdos que se agolpan sin más orden que el de la propia memoria de Mo, que finalmente decide dejar de escribir por miedo a que cuando lo haya contado todo, la muerte le esté esperando. No obstante, el retrato que se dibuja a partir de los relatos de esta vaca supone un desfile incesante de perfiles humanos de muy distinta índole. Presentados al descubierto en ocasiones, y en otras ocultos tras los cuerpos recios y cornudos de las vacas. Así, desfilan ante los ojos del lector las miserias de la condición humana, pero también sentimientos nobles como la amistad o el sacrificio por lo que uno cree.

Bernardo Atxaga nos relata, a través de los ojos de esta tierna vaca negra, un diálogo abierto de uno consigo mismo por superarse y la necesidad de dotar de sentido a todo cuanto nos rodea para poder continuar nuestro camino. El Pesado hace las veces de maestro que descubre aquello que de ninguna forma una vaca recién nacida podría saber y también de conciencia que conduce por las veredas más adecuadas.

De ahí que Memorias de una vaca sea, a mi parecer, un libro recomendado para el segundo ciclo de la ESO. No obstante, cualquier tipo de público puede leerlo sin miedo a aburrirse con una historia escrita para un público juvenil. Sin embargo, para un lector del primer ciclo de la ESO no me parece adecuada porque nos encontramos ante una lectura compleja que exigirá al lector dotes importantes de comprensión, análisis y reflexión.

La narración, lejos de ser lineal, salta de un momento cronológico a otro, sin más aclaración que el intertexto que el lector se va generando a medida que avanza en su lectura. Además, hay elementos que se pasan por alto a expensas de que el lector interprete y realice inferencias. Esto, que por un lado es muy positivo, porque genera expectativas y te invita a no dejar de leer, por otro, puede conducir a un lector poco docto, a perder la paciencia y dejar la obra.

Asimismo, es preciso señalar la importancia del lenguaje que aparece como una de las claves de este relato en el que se dan cita palabras vascas y también galas. Así como términos inteligibles que sólo La Vache qui Rit es capaz de entender. Elementos que nos hablan del contexto y también de los propios personajes. Junto a esto el humor es otra de las claves de este libro y se aprecia de forma clara en las historias protagonizadas por Pauline.

Todo esto conforma una historia de intrigas y risas que la convierten en atractiva para un lector que busca las aventuras de una simple vaca y se encuentra con la historia de Mo. 

Relatos de la pequeña historia


Isabel Martínez Moreno//

Un avión asciende rápido hasta rozar con sus alas el algodón mullido de las nubes pero en un instante puede caer estrepitosamente contra el frío suelo, que todo lo frena. Cielo abajo narra el sentimiento que produce ese contraste entre lo que uno anhela y lo que en realidad se encuentra. Fernando Marías ofrece al lector una visión detenida, realista y profundamente dolorosa de la Guerra Civil española. Un relato que le valió el II Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil y el Premio Nacional en esa misma modalidad en 2006.
El narrador es un escritor frustrado, que ha perdido la confianza en su trabajo y en sí mismo. Recibe una oportunidad laboral de manos de un amigo. Tiene que quitar el papel de la pared de una vieja guardilla situada en Atocha, cuyo inquilino acaba de marcharse. Ahí comienza una historia que traspasa las letras para vivir libremente en la imaginación del lector, que no podrá borrar de su cabeza, al menos mientras le queden páginas a este libro, el nombre que aparece grabado en la pared de la vivienda. Constanza. La fecha que lo acompaña habla de la Guerra Civil y este escritor pone a funcionar su imaginación hasta que la realidad le sorprende con algo mucho mejor de lo que nunca habría intuido.
Llega un paquete y decide abrirlo. Es un manuscrito encuadernado en color verde. Una vez ahí, comienza a leerlo. Las páginas que tiene entre sus manos resultan ser las memorias de Joaquín Dechén, el propietario que acaba de abandonar el piso en el que él se encuentra. Un cúmulo de casualidades que le llevan a continuar leyendo y a dejarse llevar por los acontecimientos que se presentan.
El inquilino aparece en busca de su libro y el escritor le miente para poder seguir leyéndolo. El primero decide marcharse a la espera de que llegue el paquete, el segundo opta por seguirlo y es descubierto. Ahí se cruzan irremediablemente los caminos entre la realidad del narrador y la historia que se oculta entre las páginas del manuscrito.
Existen tres Costanzas y Dechén fue un huérfano que eligió ser piloto de aviación en lugar de cura. Su verdadero nombre, Javier Álvarez, morirá con él. Además, el autor de estas memorias narra cómo se convirtió en hombre de confianza de Luis Cortés un aviador del bando nacional que lo enviaría como espía de un matrimonio. Se trataba de Constanza y Ramiro, un piloto afín al bando republicano. Ella dará a luz a su niña mientras la aviación nacional bombardea Madrid y él defenderá la República hasta sus últimas consecuencias. La capital es ocupada y Dechén vuelve junto a Luis Cortés. Asciende rápidamente en el ejército sublevado pero no consigue olvidar a ninguna de las dos Constanzas. Y esa casualidad del inicio es la que le hace encontrarse con la tercera, para quien van dirigidas estas memorias en las que dos realidades paralelas,  que comienzan separadas por más de cinco décadas, ven como sus caminos se cruzan. Aunque el final aún está por llegar, pero no seré yo quien me interponga en el camino de la historia que narra este magnífico libro y el lector.
La obra, escrita con una precisión descriptiva sublime es un viaje continúo entre las aventuras que vive el narrador y los relatos que va leyendo de las memorias de Dechén. La tipografía ayuda al lector a identificar en qué historia se encuentra, aunque todas están precedidas por un sugerente título. Prueba inequívoca de que está dirigida a un lector juvenil que necesita sentir curiosidad por lo que va a suceder a continuación y esta obra lo consigue. Fernando Marías crea un clima de misterio e incertidumbre que mantiene atrapado a un lector qué está obligado a realizar una inferencia tras otra para suponer que va a suceder como único mecanismo para entender lo que está sucediendo.  
El realismo que impregna el relato desde sus primeras páginas te advierte que los finales felices pertenecen a historias oníricas y ésta no lo es. Sin embargo, es esa claridad en la narración la que dota al lector de alas para ver un Madrid asediado, reducido a escombras; oír los aviones sobrevolando y las bombas detonar a unos metros; oler el miedo de quienes se saben vencidos o sentir el calor de la mano de Ramiro apretando la de Constanza.  
Cielo abajo presenta, como ya se ha comentado, una estructura narrativa con cierto grado de complejidad que a un lector del primer ciclo de la ESO le puede resultar dificultosa. Sin embargo, los alumnos del segundo ciclo y los de Primero de Bachillerato son un lector potencial excelente para este libro. Especialmente estos últimos porque su capacidad crítica y el desarrollo integral que se espera de un alumno que ha terminado la educación obligatoria, unido a  su intertexto, les va a permitir establecer relaciones significativas con sus conocimientos previos no sólo en Literatura, sino también en Historia. De manera que tendrán la oportunidad de ir más allá de una lectura plana, en la que atiendan a la historia de los personajes, y podrán escarbar entre los sentimientos que florecieron en aquella España que herida de muerte se negó a doblegarse. Además, descubrirán la fuerza de la palabra dada y también de la escrita en la figura de Joaquín Dechén.
La lectura de esta obra es un ejercicio de honestidad que te acerca a la pequeña historia, a la de las personas que nunca encontraremos en los libros de la gran historia, como intentaba explicar el personaje de Silencio en el Corazón, y que sin embargo escriben la verdadera historia, la que ocurre cielo abajo.

En las guerras siempre se pierde


Isabel Martínez Moreno//

“Una guerra se gana o se pierde si es verdadera” y la Guerra Civil española lo fue. Silencio en el corazón lo pone de manifiesto a través de la historia de amistad de dos niños que crecen al son de la incertidumbre y con los ecos de bombas y ataques aéreos. Jaume Cela dibuja en esta obra, con la que obtuvo el Premio Abril en 1999, un cuadro perfecto en el que cada personaje tiene algo que decir.  Es, sin duda, una reflexión profunda y detallada de lo que fue la Guerra Civil y sus consecuencias.

Juan, acompañado por su inseparable amigo Jorge, es el hilo conductor de un relato, escrito en primera persona, y situado en un pequeño pueblo catalán, que bien pudiera ser el de tantos otros lugares de nuestra geografía.

Estos jóvenes descubren qué es eso de la guerra cuando, en su presencian, se llevan detenido al cura del pueblo. Ahí toman conciencia de la dimensión del conflicto. Poco después encuentran un cadáver rodeado de moscas que les termina por mostrar la realidad de aquella España que se debatía entre la vida y la muerte. Sin embargo, es curioso como continúan con sus vidas ajenos al horror que solo la mirada del adulto es capaz de percibir con nitidez. No obstante, estos niños crecen y maduran al tiempo que la guerra cambia tristemente el rumbo de este país.

Juan y Jorge quieren ser arqueólogos. Entierren restos de animales y al lado sus nombres para que cuando sean desenterrados sepan que fueron ellos quienes los pusieron ahí. Éstos, junto a su grupo de amigos, siguen asistiendo a la escuela con don Ramón y jugando en las calles de su pueblo. Compiten para comprobar qué gota de agua resbala más rápido por el cristal de la ventana, se bañan en el río y descubren su primer amor, como es el caso de Jorge.  Frente a ellos el mundo adulto asiste aturdido a un conflicto en el que todos están posicionados: a un lado, al otro o en contra de los dos. 

Este último es el caso de la madre de Juan, porque entiende que la guerra es la soledad, “el miedo de las mujeres a perder lo que más quieren”. En cambio, su hermano, el tío Bernardo, que está pasando una temporada en su casa, es un republicano convencido. Éste es quien le explica a Juan, sin demasiados tapujos, qué es lo que en realidad está ocurriendo. El joven lo agradece porque cuando habla con su tío siente que no le tratan como si aún fuera un niño. Algo que sí hace habitualmente su madre cuando repite que “hay moros en la costa”, ante cada conversación que a éste le resulta interesante. Por su parte, María, la hermana de Juan, vive enamora de Paco, el de casa de Mercadal, un joven que lucha en el bando republicano. Sólo Juan conoce esta historia y, a petición de la chica, no se la revela a nadie.

Todos los vecinos del pueblo viven pendientes de la radio y las noticias que unos y otros traen sobre el devenir de la guerra. El lector descubre cómo avanza la contienda, según un bando y el otro, a través de los niños y de lo que éstos escuchan en sus casas.

Sin embargo, la aparente tranquilidad en la que vive Juan termina por romperse. Su tío Bernardo les comunica que se marcha al frente porque no quiere esperar sentado mientras otros luchan por su futuro. Al tiempo que su hermana María le confiesa que ha quedado con Paco en un pueblo vecino donde él está combatiendo. Tío Bernardo se marcha a la guerra con la oposición firme y rotunda de la madre de Juan y su hermana viaja a casa de Catalina con la excusa de pasar unos días junto a ella. Así un bombardeo en Gramollers sorprende a unos y a otros en el lugar menos esperado, y bajo los escombros de aquella barbarie se encuentra el mayor de los silencios, el silencio en el corazón.

Jaume Cela refleja la crueldad de la guerra desde diferentes puntos de vista. Posiblemente sea la mirada inocente de un niño la que más cale en el lector, porque a medida que avanza la narración, y también el conflicto, Juan y Jorge, toman consciencia de que están madurando, y se plantean la posibilidad real de tener que ir al frente si la guerra continúa. No obstante, ésta no es la única visión que se muestra en el libro. También es interesante la de la madre que sufre porque es consciente de las implicaciones de una guerra en la que sus hombres (maridos e hijos) son llamados al frente para luchar en un conflicto en el que sus responsables directos nunca pisan el campo de batalla o la perspectiva de un idealista como el tío Bernardo. Sin embargo, es especialmente curiosa la figura de Don Ramón, el maestro del pueblo. Anciano y pese a todo vital, este hombre, también republicano, lucha a diario para que sus alumnos no pierdan lo verdaderamente importante, su capacidad de reflexionar y también la de soñar. Él entiende que su oficio consiste en soplar sobre la inteligencia de los jóvenes y encender en ellas “un gran fuego”.

De hecho, quien escribe quiere resaltar su figura. Aparentemente no es un personaje principal del relato, sin embargo su papel es crucial a lo largo del mismo, quizá porque el autor es también docente, o puede, vaya usted a saber, que sea Jaume Cela quien hable a través de este viejo maestro. Sea como sea, en su boca aparecen muchas de las claves de la guerra y también de sus consecuencias.

Silencio en el corazón es una obra recomendada para mayores de 14 años, que sin lugar a dudas, también puede leer un lector adulto con resultados sumamente satisfactorio. En las aulas del segundo ciclo de la ESO este relato puede servir tanto para las clases de Castellano: Lengua y Literatura como para las de Historia. La claridad en la organización de los contenidos, la coherencia en la estructura y la calidad de las descripciones se dan la mano con la transparencia en la narración y el realismo de la historia.  Todo esto crea un clima global que permite a un lector juvenil sentirse parte de los acontecimientos; enamorarse con María y sentir angustia cuando Juan no puede quitarse de la cabeza las dichosas moscas. Además, los amigos de este joven, Triquitraque y Cenicero ponen un toque de humor a todo el drama que envuelve el relato.

Sin embargo, más allá de una simple lectura, este libro permite que en el aula se reflexione sobre cuestiones transversales, algo que contribuirá al desarrollo integral de los alumnos. Se puede invitar a éstos a pensar sobre algunas de las frases pronunciadas a lo largo de la obra, como la de la madre de Juan que dice que “si las mujeres pudiéramos mandar no habría guerras”; la del propio Juan cuando dice que “la amistad es, a veces, silencio”;  las del maestro cuando afirma que “los vencedores intentarán moldear el pasado y el presente para poder escribir un futuro”; o la reflexión que el tío Bernardo plantea sobre las dos historias, la que se escribe con mayúsculas y aquella que, aun en minúsculas, es la que hace posible la primera.

En cualquier caso, después de leer este libro de Jaume Cela uno tiene la sensación que muchos corazones enmudecieron en aquella guerra  y que quizá Juan tiene razón cuando afirma, que aún sin saberlo, una parte de todos ha quedado atrapada entre los escombros de Gramollers, también del lector. 

Literatura, entre los sueños y la realidad

Isabel Martínez Moreno//



Un pozo es un lugar inhóspito, sombrío y pese a todo inmensamente atractivo. Un espacio donde el imaginario popular nos invita a mirar para buscar un reflejo, quizá a nosotros mismos. El pozo del alma, es a un tiempo el nombre de la obra, y también ese agujero donde su autor, Gustavo Martín Garzo, se asoma para buscar entre los recuerdos de su infancia el origen de su peculiar relación con la literatura. Y lo encuentra. A largo de este breve relato asistimos a una reflexión sobre qué es la literatura y cómo su presencia nos aguarda en el día a día, en aquellos pequeños detalles que lo componen.

El escritor emplea con magistral acierto cada palabra, para que el lector se sumerja en una pequeña historia en la que no se cuenta nada y al tiempo se explican muchas cosas. Este contraste también se aprecia en las ilustraciones de PabloAmargo que acompañan el texto.

Un conjunto casi poético que nos ofrece una visión peculiar de la literatura, entendida como un lugar de intercambio en el que se dan cita multitud de realidades y es la infancia el escenario perfecto donde todas ellas convergen. De ahí que Gustavo Martín haga su reflexión desde esa perspectiva. La de un adulto que vuelve su vista hasta su infancia para navegar por los mares que surco siendo niño. A través de algunos cuentos de Andersen, como el Patito Feo, el escritor vallisoletano ofrece una visión totalmente distinta del concepto de literatura y aclara que lo que verdaderamente capta la atención del lector infantil no es el patito triste y marginado, sino el lago llego de cisnes. Advierte que es en ese escenario en el los niños ansían vivir porque les permite ser su yo interior, el que ocultan a diario. Así, a través de este ejemplo se observa cómo entiende la literatura el autor de El pozo del Alma y al tiempo, podemos saber qué esconde en ese espacio profundo. 

Este relato nos permite conocer el otro lado de la literatura, el que se esconde tras las letras y las palabras rimbombantes. La otra cara de la luna.  Recoge la esencia de este arte y la sitúa en un reino a medio camino entre los sueños y los delirios y la realidad empírica.

Sin embargo, la simplicidad que aparenta la voz de un niño narrando sus aventuras de infancia en una casa con seis hermanos, a través de un vocabulario sencillo o el reducido número de páginas, no más de 40, contrasta con el entramado complejo y delicioso que se dibuja bajo cada frase. El autor dice lo que quiere decir a cada momento y lo hace dibujando pinceladas en la imaginación del lector, que está obligado a pensar qué significa para él lo que está leyendo. Sobra decir que quien escribe asistió fascinada al derroche de ideas, planteamientos y matices que Gustavo Marín Garzo recoge en esta obra. Aunque, para no faltar a la verdad, hay mucho de fantasía y magia en sus reflexiones y también en esta cabeza mía.

Sea como sea, este texto puede ser leído en cualquier cuso de la ESO, aunque no será hasta Bachillerato cuando puedan comprender el sentido global del texto y reflexionar sobre las ideas que presenta Gustavo Marín Garzo. En esa línea, cabe señalar que más importante que entender lo que el autor presenta es lo que el lector interpreta a partir de lo que lee. Tanto es así, que el propio escritor señala que la literatura lo es en la media en la que alguien se asoma a ella. De lo contrario, hablaremos de textos inertes.

Otra opción es recurrir en las aulas a esta obra para rescatar únicamente fragmentos concretos que inviten al alumno a pensar, sólo eso. Sin embargo, si cuenta algo la opinión de quien escribe, yo sugiero esta lectura en las aulas. Es interesante en la medida en la que puede abrir al lector desmotivado y hastiado, las puertas a nueva concepción de la literatura, en la que no tiene que entender lo que tal o cual autor quería decir, sólo tiene que preocuparse de lo que le dice a su mente y su corazón una vez pasadas las páginas.

Gustavo Marín Garzo afirma desde El pozo del alma que amamos un libro en la medida en que algo que creíamos perdido, un saber acerca de nosotros mismos, un gesto adorado, regresa a nosotros. Esta obra puede ser el punto de partida para que nuestros alumnos inicien un idilio con la lectura, por qué no.

Todos hemos viajado alguna vez en el Ulises


Isabel Martínez Moreno//

La vida cambia en un momento concreto y lo hace para siempre. Después no hay vuelta atrás. Un nuevo recorrido se dibuja y ya no se puede borrar la senda. Éste es el punto de partida de El Polizón del Ulises, una obra que le valió un Premio Lazarillo en 1965 a Ana María Matute, su autora. Esta barcelonesa de imaginación infinita narra la historia de un muchacho que un día creció, porque, como podemos leer en Peter Pan, “todos los niños del mundo, menos uno, crecen”. Sin embargo, todo comienza cuando tres hermanas solteras encuentran en la puerta de su casa un bebe. Optan por adoptarlo y deciden llamarle Marco Amado Manuel. Un nombre clave en la historia, aunque todos llamarán a este pequeño Jujú. Sin una explicación clara al respecto, la autora deja que el lector interprete a su conveniencia por qué esas dos sílabas. La opción que más peso cobra es que se trata de las primeras palabras que un bebe balbucea.

Pero de vuelta al nombre real, cada una de las mujeres elige uno distinto y en él se definen a sí mismas. Consciente o inconscientemente, Etelvina, Leocadia y Manuelita pretenden que a través de esas designaciones Jujú herede una parte de ellas. La primera de las hermanas es una apasionada de la historia y la investigación. Siente una especial debilidad por el Imperio Romano. Por su parte, la segunda destila un exquisito gusto por la música, la poesía y los buenos modales. Sentimental e idealista, soñaba con un príncipe azul que no llegó. Por último, la tercera, Manuelita, es muy distinta a sus hermanas. A ella le preocupa el trabajo duro y no ve con buenos ojos el tiempo que sus hermanas dedican a sus quehaceres porque entiende que eso no es útil para nada.

Las tres hermanas pasan a llamarse las tías en el instante en el que este niño entra en sus vidas. Sus orígenes, inciertos, se dejan entrever a lo largo del libro. La hija del alcalde, Rosalía dice que la noche en la que dejaron a Jujú en la puerta de las señoritas ella vio alejarse a un grupo de gitanos. Sea como fuere, lo cierto es que el bebe cambia la vida de estas tres solteronas, que pese a todo, mantendrán inamovibles sus formas tan distintas de entender la vida.

A medida que el niño crece, sus tías lo van educando de acuerdo a sus propios criterios individuales. El resultado es un niño aventurero gracias a las historias de tía Etelvina; soñador como su tía Leocadia y fuerte como Manuelita. Emplea el desván para sus juegos y crea en ese espacio de la casa un barco que llamará Ulises. Cuenta con su inseparable perro al que designa Contramaestre, también con una gallina a la que otorga el nombre de Almirante Plu y una paloma, la señorita Florentina.

Es en ese espacio donde Jujú deja volar su imaginación y vive aventuras navieras en el mar de sus sueños. Aunque sólo de vez en cuando, porque pasa buena parte del día atendiendo a las explicaciones que sus tías insistentemente le repiten para que sea como cada una de ellas quiere. Sin embargo, el espera ansioso el momento de subir a bordo del Ulises. Un día, por casualidad, descubre un pasadizo secreto que le conduce al otro lado de la finca y elucubra sobre el origen de tan curioso hallazgo. No obstante, lo que más llama la atención a este joven es un campo de presos que ve a lo lejos, a través de la ventana de su barco.

Uno de esos presos se escapa y termina refugiándose en la Finca de las tres señoritas y Jujú lo descubre. Éste en un principio se asusta mucho pero pronto entabla amistad con el Polizón, como él mismo le denomina. Le da cobijo en su barco, en el pasadizo secreto, para que esté a salvo de los perros del sargento. Se inicia así una relación en la que el joven, que aún no ha cumplido los 11 años, se siente fascinado por las historias y aventuras marinas que su nuevo amigo le cuenta. Pero más aún, porque el Polizón no le trata como si aún fuera un niño pequeño, la habla con aparente honestidad y eso a Jujú le gusta. Tanta es su amistad que planean una huida a lomos de Remo, el caballo del pequeño, que conducirá a un sorprendente final.

Ana María Matute no deja nada al azar en esta obra, que está escrita para un público infantil y juvenil, aunque los adultos también pueden disfrutar de la historia, posiblemente con unos matices que el niño no aprecia. De manera que recomendaría esta lectura para cualquier cuso de la ESO pero en cada uno de ellos trataría aspectos diferentes de la obra.

La autora catalana rehúsa la complejidad en cada uno de los elementos de este libro. De un lado, el vocabulario es sencillo y claro. De otro, la estructura narrativa está ordenada cronológicamente y no se producen saltos temporales que dificulten la lectura. Además, aparecen divertidas ilustraciones en las que el lector identifica rápidamente la historia. Sin embargo, el éxito potencial de esta obra entre los lectores a los que va dirigida, no lo encontramos en lo que la autora narra, sino en aquello que no cuenta y está ahí. Es fácil que un joven se identifique con Jujú y muy hábilmente la escritora rehúye situar la historia en un tiempo concreto. Sabe que en cualquier época es posible esta historia y deja que sea el lector el que determine el cuándo.

Todos los jóvenes se sienten, en parte, un trocito de plastilina que un adulto intenta moldear de muy distintas formas. La elección del nombre es sólo el inicio de ese proceso. Aman a sus familias pero mueren asfixiados en la rutina y necesitan volar libres a otros lugares en los que ellos sean los capitanes de sus propias aventuras. El Ulises es únicamente el reflejo de esa necesidad. Además, la elección del nombre de este barco contribuye a que un lector con intertexto sea capaz de entender qué representa ese naviero para el pequeño Jujú. En un principio este barco es el que permite al niño iniciar una aventura en solitario pero a la postre también es el que le trae de vuelta a casa, a Ítaca. Asimismo, en el libro se dibuja la rutina con pinceladas curiosas, como es “la caza del ladrón” que ya hacía el bisabuelo de las hermanas, posteriormente también el padre y ahora ellas. Elementos como éste, empleados con singular destreza, dejan ver por qué un joven necesita alejarse de lo que le rodea, aunque sólo sea durante pequeñas porciones de tiempo. Es significativo también que los animales que acompañan a Jujú, sin llegar a hablar, sí se presenten animados, es decir, con sentimientos y pensamientos propios. Quizá porque a veces uno tiene claro lo que quiere oír y sencillamente lo escucha.

En esta línea, es necesario señalar que frente a esta visión del niño, encontramos la del adulto. Las tres tías encarnan a la familia que forma y protege a sus polluelos esperando que den lo mejor de sí mismos. De ahí, que el protagonista de esta obra este expuesto a una formación variada y, al tiempo, inmensamente rica. Algo que termina calando en él y le convierte en un hombre, la verdadera historia que cuenta Ana María Matute. Aunque parece claro que nunca terminamos de crecer, porque si fuera así por qué llamar eternamente a un niño Jujú.

Marco Amado Manuel no es un niño cualquiera, es todos los niños. De manera que tras mi lectura, no me queda más que animar los docentes a que rescaten esta obra de Ana María Matute y les permitan a los alumnos viajar en el Ulises porque todos alguna vez lo hemos hecho.