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jueves, 31 de enero de 2013

Marcelino Pan y Vino - José María Sánchez Silva



José María Sánchez Silva es el único escritor español que ha conquistado el Premio Andersen (en 1968). Por aquella época, había publicado ya más de treinta libros, pero, sin lugar a dudas, consiguió su fama por el relato Marcelino pan y vino, que luego se popularizó extraordinariamente gracias a la versión cinematográfica que dirigió en 1955 Ladislao Vajda, de mucho éxito tanto a nivel nacional como internacional. El relato de Sánchez Silva, traducido a muchas lenguas, le ha permitido darse a conocer a nivel internacional a y fue el que le permitió conseguir el valioso premio Andersen, que no fue el único en su carrera, ya que ganó el prestigioso Premio Nacional de Literatura en 1957. Después del éxito de Marcelino pan y vino, volvió a retomar el personaje en Historias menores de Marcelino Pan y Vino y Aventuras en el cielo de Marcelino Pan y Vino.

Cabe subrayar que el libro introduce directamente la temática religiosa, aspecto central de la obra, pero con un enfoque más humano. Nos presenta una religión afín a los jóvenes lectores, más cariñosa y sensible, muy alejada de la concepción dogmática, de aceptación sin explicación de lo imposible, de reglas y preceptos rígidos. Trata la figura de Cristo como modelo de amor y fraternidad, con sentimientos de caridad con los otros, mediante una novela cristiana en la que el tema de la muerte se presenta de manera delicada. Por ello, creo que podría encajar perfectamente en primero de la ESO, ya que la sencillez del relato y del lenguaje, además de la sutileza del autor en abordar estos temas “difíciles”, hacen de este libro un complemento ideal para facilitar al alumnado el paso de la escuela primaria a la secundaria.

En  lo que concierne a las coordenadas espacio-temporales del relato, los acontecimientos se sitúan en el siglo XVII, en un convento de la ciudad de Castilla. La historia, como hemos anticipado, es muy sencilla: los frailes, después de encontrar a un recién nacido en las puertas del convento, deciden cuidar de él, y acaban cogiéndole cariño. Marcelino, así llamarán al niño, crece entre el afecto de los frailes, las aventuras con los animales del convento y las travesuras típicas de un niño de cinco años, pero se siente muy solo, le falta el amor de la madre, que es insustituible, y no tiene compañeros de su edad con quien jugar, por lo tanto se inventa a Manuel, quien será su inseparable amigo imaginario. La curiosidad que alberga en todos los niños le lleva, un día, a transgredir una regla de los frailes y sube al desván del convento: aquí encuentra a un hombre semi desnudo y montado a una gran cruz. En principio, el niño huye asustado, pero poco a poco entiende que se trata del mismo Jesús Cristo crucificado, por lo tanto su actitud cambia y sube al desván para hablar con él. A través de las conversaciones que surgen entre Marcelino y Jesús, el autor presenta algunos conceptos de la doctrina cristiana, pero ajustados a los jóvenes lectores; Jesús, en efecto, le explica a Marcelino muchos aspectos de su vida que el niño todavía no había entendido: “Jesús le contó su historia. Y le habló de cómo era un niño y trabajaba con su padre, que era carpintero. Y cómo una vez se perdió y le hallaron hablando con los viejos de la ciudad. Y cómo creció y lo que hizo y cómo predicó y cómo tuvo discípulos y amigos y luego le pegaron y le escupieron y le crucificaron delante de su Madre”. Será el mismísimo Cristo quien le otorgará el mote de Marcelino pan y vino, ya que el niño le trae todos los días pan y vino, robándolos de la cocina, porque teme que sufra hambre, además de una manta para taparse y no pasar frío. Surge, pues, una dulce relación de amistad entre los dos, y Cristo aparece como el amigo tan deseado desde el principio. A raíz de estos diálogos, asistimos a una transformación en las actitudes de Marcelino: de niño travieso se convierte en modelo de rectitud, ya no le interesa burlarse de los frailes ni jugar con los animales; este cambio en su comportamiento es tan fuerte que los frailes deciden controlarlo: “Yo le encuentro muy bueno y menos travieso, dijo fray Puerta. Yo, le encuentro más devoto, dijo fray Talán. El último habló el padre Superior: Nuestro Marcelino ya no es como era, dijo (...) Vamos a vigilarle más aún entre todos. Usted, hermano, vigile su cocina y no se deje engañar por un niño tan pequeño.” Para ello, un día lo siguen hasta el desván, pero ya es tardes: verán cómo el pequeño se duerme en los brazos de Cristo. Pero no se trata de un final triste.

En efecto, el tema más discutido en los diálogos entre Jesús y Marcelino es la ausencia de la madre: Jesús quiso premiar al niño por su bondad dándole el regalo más querido y el deseo expresado por el pequeño es precisamente irse al cielo, para encontrar a su madre y a la de Jesús. Por lo tanto, Marcelino no muere, sino que se une a su madre para vivir eternamente. En el relato, pues, aparece el tema de la muerte pero desde el punto de vista cristiano: no hay que tener miedo o estar tristes si alguien ya no está, porque después de la muerte seguimos viviendo por la gracia de Cristo. El autor intenta, de este modo, evitar que los lectores sientan tristeza por la muerte de Marcelino, ya que finalmente puede abrazar a su querida madre, concluyendo la obra con un clima de serenidad y dulzura.

Otro de los temas relevantes en el relato es el proceso de maduración del protagonista Marcelino. En principio, se trata de un normalísimo niño de cinco años, travieso pero bueno al mismo tiempo: lo notamos en los motes graciosos que pone a los frailes (fray Bautizo, fray Papilla) y en los juegos con los animales, pero es también muy generoso, ya que siente compasión por el sufrimiento de Cristo e intenta aliviárselo de cualquier manera. El encuentro con éste opera un cambio radical de actitud en Marcelino, que lo convierte de travieso a recto: ahora no necesita amigos imaginarios, porque lo ha encontrado en Cristo. La amistad entre Marcelino y Jesús es fuerte, de cariño mutuo, que demuestra cómo el amor es el elemento más importante de la religión cristiana. El Amor de Dios, tema central de la obra, se expresa a través del cariño entre Marcelino y Jesús, acabando con la aceptación de su deseo como prueba de su amor infinito: “Has sido un buen muchacho y yo estoy deseando darte como premio lo que tú más quieras (…) Sólo quiero ver a mi madre y también a la tuya después.”. En Marcelino pan y vino, en efecto, aparece también el tema de la orfandad, ya que él nunca ha conocido a su madre: “¿Y cómo son las madres? Interrogó el niño. Yo siempre he pensado en la mía y lo que más me gustaría de todo sería verla aunque fuera un momento”. Por esta razón escucha tan atento a Jesús cuando le describe las madres, ya que es algo totalmente desconocido para él, pero extremadamente deseado soñado, buscado.

Con respecto al estilo propuesto, el lenguaje es sencillo y adecuado para los alumnos más pequeños, con un léxico coloquial y alegre. El autor sabe cómo motivar en la lectura, de modo que presenta también episodios graciosos, sobre todo en sus diálogos con Manuel. Mediante las numerosas travesuras de Marcelino, además, Sánchez Silva introduce en la narración toques de humor que hacen olvidar al lector la tristeza que podría sentir por la necesidad y ganas que tiene Marcelino de conocer a su madre. Estas pinceladas humorísticas, por ejemplo, se muestran incluso en episodios que podrían resultar trágicas, como el entierro de Marcelino. Sánchez Silva demuestra que quiere prevenir la pena en los lectores, presentándolo casi como momento de fiesta: “Por cierto que si Marcelino hubiera vivido y hubiese asistido a un entierro semejante al suyo, habría reparado en que el músico que tocaba el bombo de aquella banda era muy delgadito y parecía ir a perder el equilibrio por el gran peso de su tambor, mientras que el que tocaba el clarinete era un gordo enorme, que parecía fumar en aquella especie de estrecha boquilla que era en sus manos la delgada trompeta.”

Para concluir, en mi opinión, Sánchez Silva no presenta el tema religioso para convencer a los lectores de la verdad de los principios cristianos expuestos, pero es cierto que presenta de manera totalmente asequible para los niños los misterios más indescifrables del cristianismo. Podría considerarse un relato para transmitir los preceptos religiosos de forma más cercana a su manera de ver el mundo, a su inocencia, sin hacer caso a las amenazas represivas del infierno, sino a través del mensaje de amor de Cristo. Lo hace mediante un pequeño e ingenuo huérfano que acepta los misterios de la vida y la muerte con imperturbabilidad, capaz de producir un milagro: la bajada de Cristo de la cruz, por su alma tan pura. Es precisamente en este personaje con el que se identifican los lectores, de cualquier edad. Es, sin ninguna duda, una obra que se lee con el corazón.

El vengador del Rif - Fernando Marías




El Premio Nadal de 2001 por El niño de los coroneles de Fernando Marías supuso el triunfo absoluto de este escritor bilbaíno, que desde aquel momento se dedicó a pleno ritmo a publicar libros. Para ello, podemos decir que en la actualidad cuenta ya con una obra sólida y un buen número de lectores: el Premio Primavera de 2010, conseguido por Todo el amor y toda la muerte, representa el corolario perfecto de un recorrido profesional que asocia a partes iguales el talento literario y el deseo de alcanzar a su público. El vengador del Rif constituye una de sus primeras novelas de literatura infantil, publicada en el 2000; de tema histórico-militar, inherente a la Guerra de Marruecos,  presenta una cuidada ambientación histórica, una trama apasionante y un estilo ágil y sugestivo. En efecto, la narración se desliza de manera tal que consigue que el lector no se imagine cómo acabará la historia hasta las últimas páginas, en las que todas las fichas del mosaico encajan a la perfección: el relato, pues, termina en el mismo punto en el que comienza, de manera cíclica, con un escritor a punto de empezar una novela.

La editorial Anaya no incluye dibujos o ilustraciones en su edición, sin embargo presenta una cronología temática (acontecimientos políticos, económicos y culturales) que puede resultar útil para situar a los lectores en la época histórica de referencia (finales siglo XIX, principios siglo XX), facilitándoles la comprensión del contexto en el que se sitúan los hechos. El 27 julio de 1909 se produjo, en el Marruecos colonizado por España, el llamado “Desastre del Barranco del Lobo”, desastre militar de las tropas españolas en el que fueron asesinados muchos soldados por tiradores rifeños, hartos de la invasión extranjera. La protección de los intereses de las compañías mineras de la zona obligaba a traer más tropas desde la Península; los reclutados por fuerza, en muchos casos hombres casados y con trabajo fijo, sin embargo, se negaron a ser embarcados hacia una guerra que consideraban lejana y cruel, y su protesta desembocó en varias revueltas populares. El vengador del Rif está ambientado en esta época de protestas de los militares españoles en Melilla, mediante una novela de aventuras en la que no faltan varias pinceladas de humor que contribuyen a darle un aire menos gravoso y más ameno. Por todas estas razones, creo que sería aconsejable proponer la obra a partir de 4º de la ESO, etapa en la que los alumnos presentan un nivel de madurez que les permite destacar los paralelismos entre los colonialismos imperialistas presentes en la obra y los de hoy: guerras para adueñarse de yacimientos de oro por un lado, guerras por la posesión del petróleo, como ocurre por ejemplo en Irak.

Un aspecto destacable de la obra es que presenta una estructura como la de las Matriovskas: una historia que encierra una historia que a su vez encierra otra más pequeña: nos encontramos primero con el desenlace que ocurre en nuestros días, un guionista que recibe el encargo de escribir el argumento de una película ambientada en el Marruecos español. Este personaje, pues, se pondrá en contacto con el escritor Jesús María Sáez de la Encumbrada, para comentar una obra suya en la que relata los acontecimientos inherentes a las revueltas de los rifeños en Melilla, probable telón de fondo de la película. Esta primera parte actúa como envase exterior de toda la obra. Al mismo tiempo, después de su encuentro con el escritor, se materializa un manuscrito que constituye el nudo central de la novela: El vengador del Rif, con personajes y ambientación totalmente distintos. En efecto, en este caso el narrador es Joaquín Diestro Ruiz, un joven recluta con anhelos de “honor, gloria y heroísmo, sentimientos de grandeza que en un futuro inminente y espléndido imaginaba yo que conformarían mi vida” (pág.27) para seguir las huellas del padre, capitán de Caballería. Sin embargo, los acontecimientos de su vida no le irán proporcionando estos profundos valores, ya que “era prisionero de una tela de araña tejida a mi alrededor con indignidad y deshonor” (pág.68). Un grupo de oficiales, aprovechando las revueltas de las tribus rifeñas y las leyendas sobre minas de oro, montan una estafa en la que se dedican a defraudar a los ricos españoles interesados en comprar, pagando por adelantado el derecho a explotar una supuesta mina de oro. Evidentemente, antes de llegar al lugar del terreno, una partida de cabileños, compuesta por tiradores mercenarios pagados por los oficiales, les tendía una emboscada obligándoles a dar marcha atrás. Joaquín, un poco por amor hacía su familia, pero sobre todo por su cobardía e ineptitud: “según avanzaba me asustaban –o me tentaban- inconcretos espectros: mi madre y hermano, salpicados por el escándalo y arruinados; yo, expulsado con infamia del ejército (…). No, comprendí de pronto: no tenía valor para dar ese paso.”, no denuncia al grupo de oficiales como el uniforme le imponía y se convierte en un compinche pasivo, que se deja transportar por los acontecimientos, sin personalidad: en este aspecto el protagonista es el prototipo del antihéroe. A través de la historia de El vengador del Rif, además, aparece el primero de los dos fragmentos del cuento Los amantes de arena, una historia de amor escrita para bendecir la unión entre dos enamorados, hijos de familias ancestralmente enemistadas; será precisamente esta última historia el motivo desencadenante de toda la serie de asesinatos que se irán sucediendo. Debido a la muerte, a manos de Joaquín en una de estas falsas emboscadas, del padre de El vengador del Rif, autor de Los amantes de la arena, éste último, que logra huir de la matanza con la segunda parte del relato, jura vengarse. Para ello, uno tras del otro, todos los implicados en la estafa reciben cartas anónimas que anuncian su próxima muerte, y esto provoca un clima de ansiedad, miedo, sensación y deseo de traición en el grupo: nadie puede confiar en nadie, la sospecha rompe el equilibrio llevándoles, incluso, a realizar actos extremos: “Al final lo ha hecho… se ha matado” (pág.98). Morirán casi todos, excepto el teniente Diestro. Así termina la historia relatada en el manuscrito. En los últimos dos capítulos, Marías nos remite a nuestros días, volviendo al guionista y su huésped, que es en realidad el hijo de Joaquín, quien “murió angustiado (…) nunca dejó de temer la visita del pasado, la visita del vengador del Rif” (pág.109-110). El teniente Diestro, pues, hasta sus últimos instantes de vida, demuestra la debilidad de su personalidad, su cobardía. Los dos personajes reciben la visita de Abdúl, quien les muestra una carta escrita por el padre, el mismo vengador del Rif: en esta revela que él pudo conseguir el oro de la mina, pero nunca logró encontrar la otra mitad del pergamino en la que se hallaba la historia de Los amantes de la arena. Para ello Abdúl se hizo pasar por productor de cine: para encontrarse cara a cara con el hijo del atávico enemigo del padre. Sin embargo, el tiempo puede borrar incluso las peores ofensas, y este encuentro, pasados 92 años, no solamente permite reunir las dos mitades del cuento, sino también apaciguar la situación para poner punto y final a esta espiral de dolor, muerte, venganza, corrupción y traición.

Lo que personalmente considero muy interesante en esta novela es la continua referencia a los acontecimientos históricos y, sobre todo, a los medios de comunicación que se encargan de referir, de manera precisa y objetiva, los hechos tal y como aparecen. El artículo de periódico presentado en la página 91, por ejemplo, resulta una clara muestra de “manipulación de acontecimientos” para justificar sus propios fines. En pocas palabras, se echa exclusivamente la culpa de los ataques a “los cabileños del Rif, que siguen atacando día y noche a los soldados españoles” aduciendo, de este modo, la presunta exculpación de los europeos: “de no ser así, será lógicamente el ejército español que deba reprimir a los levantiscos (…) llegando tropas españolas mientras la seguridad de nuestros ciudadanos y nuestros intereses mineros están en juego” e, incluso, lanzando el espectro de la sospecha sobre Marruecos: “¿cumplirá el sultán de Marruecos las obligaciones?” Dado que el autor podría haber omitido este artículo, creo que ha decidido adjuntarlo precisamente para que los lectores se fijaran en un asunto fundamental: los medios de comunicación presentaban la guerra en Marruecos como algo inevitable, ineludible, la “embellecían” para que resultase heroica, para convencer a la sociedad de que se trataba de un evento beneficioso para todos, y así se ha hecho con todos los sucesos históricos. La historia, entonces, está escrita por gente movida por intereses distintos. De ahí extraemos una gran enseñanza: la necesidad de informarse y razonar cuando nos presentan eventos históricos, de desarrollar un espíritu crítico que permita tener la mente abierta y valorar todas las posibilidades, escuchar todas las voces, salir de perspectiva unívoca que nos ofrecen.

Andanzas del Cid Campeador - Montserrat del Amo



Montserrat del Amo, autora de la obra Andanzas del Cid Campeador, fue profesora de Lengua y Literatura, ocupación que abandonó para dedicarse de manera exclusiva a la carrera literaria. Publicó su primera obra en 1948 y una de las últimas es El nudo de 2008, considerada por los críticos una de sus obras más relevante. Colabora con revistas y participa en cualquier tipo de evento literario, organizando talleres de animación a la lectura y conferencias para niños y adultos sobre la literatura infantil y la narración oral. Montserrat del Amo es una de las más productivas autoras de LIJ, conocida y reconocida tanto a nivel nacional como a nivel internacional: cuenta con varios premios literarios, es objeto de varias tesis doctorales y estudios de investigación y muchos de sus libros han sido traducidos a distintos idiomas. 

 Andanzas del Cid Campeador, publicada con ocasión del octavo centenario de la creación del Cantar del Mio Cid (1207),  constituye una versión adaptada en prosa de la obra original, escrita en versos del castellano del siglo XIII. Las palabras utilizadas por el autor del original, evidentemente, han caído en desuso y la lengua se aleja mucho de la forma corriente  del castellano, tanto que cuesta entenderla ahora: no puede ser leída sin profundos conocimientos lingüísticos para los alumnos más jóvenes. Para ello, como explica la autora de Andanzas del Cid Campeador en la introducción: “y esa ha sido mi tarea: elegir los pasajes más importantes del Cantar y pasarlos al lenguaje actual” de modo que los jóvenes lectores actuales puedan conocer fácilmente los acontecimientos más significativos de la vida del personaje histórico Rodrigo Díaz de Vivar. Las adaptaciones de clásicos de la literatura generan un debate atemporal sobre la conveniencia de sus ediciones, es decir que presentan el dilema de si leer o no a los autores del canon tal y como aparecen o progresar en etapas escolares tempranas hacia su conocimiento mediante las adaptaciones. Resulta evidente que las versiones originales, debido a las dificultades de comprensión que presentan tanto el vocabulario, el contexto histórico o los personajes, solo pueden ser disfrutadas por alumnos del segundo ciclo de la ESO o Bachillerato.

La edición publicada por la editorial madrileña Bruño, además de una edificante presentación de la obra y de la autora a través del prólogo de Hugo O’Donnell incluye, en la parte final, el taller de lectura de la obra, con actividades lúdicas de comprensión lectora muy valiosas a nivel didáctico para ahondar en los personajes, en el contexto histórico, en el vocabulario, etc. y para proponer actividades de elaboración personal de la obra y no puramente memorística, fomentando la competencia escritora (escribir un artículo periodístico, imitar los versos de los juglares y muchas más). Por todo esto, creo que la obra podría ser presentada en primero de la ESO, etapa en la que encajaría perfectamente con el nivel de madurez de los alumnos, sin correr el riesgo de resultar poco producente.

Nada más empezar la lectura del primero de los XIV capítulos notamos una particularidad que nos sorprende: cada capítulo está encabezado por un fragmento, adaptado al castellano actual, en verso, del original, como explicación y puesta en escena de ellos. De modo que el lector intuye que lo que va a leer es una novela tomada de un texto en verso. El primer capítulo presenta una novedad con respecto a la obra del 1207: la autora quiso imaginar cómo sería Rodrigo Díaz de Vivar de niño, describiéndolo como un muchacho alegre rodeado ya por sus futuros amigos inseparables: Pedro Bermúdez, Álvar Fáñez y Martín Antolínez; un joven que desprecia las burlas de los infantes de Carrión y sus compinches, que está enamorado de Jimena y que afronta con valor el peligro, enfrentándose al toro que escapó, anticipando sus futuras hazañas. En el capítulo siguiente, en cambio, la autora buscó en el Romancero del Cid el relato de los primeros años de la vida de don Rodrigo para suplir la primera hoja que falta al manuscrito original. En esta parte destaca la cristiandad de nuestro héroe, que decide emprender el camino de Santiago de Compostela, durante el cual encuentra a un leproso, con quien demuestra tener un grande espíritu de caridad, bondad y hermandad: le da de comer, lo sube a su caballo e incluso duerme a su lado compartiendo su manta con él. Su bondad se ve premiada, ya que el leproso, que se revela ser San Lázaro, le da las gracias por su actitud y añade que: “Dios te envía su bendición (…). Y te anuncia por mi boca que saldrás siempre victorioso de todas tus empresas, tanto en la paz como en la guerra. Serás temido y respetado por todos, en tierras de cristianos o de moros. Tus hijas se casarán con reyes y ganarás batallas después de muerto. Las malas lenguas de los envidiosos no podrán contigo; tu honor quedará limpio a pesar de las calumnias y tu nombre brillará para siempre” (pág.33). Efectivamente, veremos como, en sus hazañas, se cumple dicha predicción.

En principio, parece que la vida de Rodrigo en la corte transcurra felizmente: se casa con Jimena, como vemos en el capítulo tres, borrando de esta manera viejos odios familiares entre las dos casas; tienen dos hijas, Sol y Elvira, pero la muerte del Rey y la consiguiente subdivisión entre los hijos de sus posesiones genera discordia entre los hermanos, acentuada por la muerte de uno de ellos, Sancho, cuyo reinado pasa al mayor, Alfonso VI. En la corte, los nobles murmuran que el asesinato ha sido llevado a cabo por este, pero Rodrigo es el único que se atreve a pedirle que jure solemnemente su inocencia. Alfonso VI, muy irritado, decide expulsarlo. La injusticia del destierro le obliga a abandonar a su familia, su casa y sus posesiones, y a lanzarse a la aventura de reconquistar tierras de moros, para poder, a través de victorias, restablecer su honor. Al leer esta historia, pues, se comprende que si se acepta el fracaso y se intenta dominarlo con coraje y sin desatender tus propios principios, esto puede convertirse en el primer paso para conseguir el verdadero éxito, como le ocurrió a Rodrigo.

Montserrat del Amo hace de la obra original una novela de aventuras, en la que Rodrigo demuestra todo su valor en su marcha hacia tierra de moros: “La fama del Cid Campeador se extiende por las comarcas de Albarracín y de la Alcarria. Los moros lo reciben bien, pues les conviene más tenerlo como amigo y aliado que combatirlo con las armas en la mano” (pág.90). Allí emprende varias andanzas que le proporcionan muchos beneficios, que repartirá entre los muchos vasallos y castellanos que decidieron seguirle en su destierro, prueba de su generosidad. Además también es un caballero muy clemente: nunca se trató, pues, de un guerrero sanguinario, ya que  luchaba con  lealtad respetando las costumbres de la época, mostrando todo su valor en las batallas y piedad con los vencidos, actuando siempre con honradez y justicia. El Cid  prefería pactar con los enemigos, a los que nunca vendió como esclavos, ni menos aún mató: “concederé la libertad a los prisioneros que prometan servirme fielmente. No quiero venderlos como esclavos, y matándolos no ganaría nada.” (pág.88) Además: “El Cid recompensa generosamente por su lealtad incluso a los moros” (pág.103). Después de tres años de guerra consigue conquistar Valencia, victoria que le permite reconciliarse con el Rey Alfonso VI, a quien había seguido enviando varios regalos como signo de su lealtad. El Rey, finalmente satisfecho, atiende a sus plegarias: acepta que la familia del Cid se reúna con él en Valencia. Como Rodrigo, además de valiente caballero, está enamorado de su familia “El Cid campeador estrecha a las tres en un mismo abrazo, sin disimular las lágrimas de alegría que brotan de sus ojos y resbalan por su larga y hermosa barba. –¡Jimena, Elvira, Sol! Vosotros sois lo que más amo en el mundo” (pág.136). Esto origina la envidia de los Infantes de Carrión, quien planean casarse con las hijas del Cid para conseguir riquezas. El Cid no está de acuerdo pero para demonstrar su lealtad al Rey acepta la propuesta. Los infantes de Carrión se instalan en Valencia para conocer mejor a sus novias. Esta parte resulta divertida para los lectores, ya que los dos demuestran toda su cobardía y avaricia como por ejemplo en la batalla contra El rey Bucar de Marruecos, en la que se esconden. El Cid, sin darse cuenta de lo que ha ocurrido, les felicita y les premia, y estos no solamente aceptan el botín que no se merecían, sino que no hacen ningún regalo a sus novias. Los amigos del Cid saben la verdad, pero: “no le contaremos la verdad al Cid para no amargarle la victoria” (pág.165). Para evitar las burlas, los infantes deciden abandonar Valencia aduciendo que van a visitar sus tierras y deciden llevarse las hijas del Cid para vengarse de él: en un bosque las pegan hasta que casi las matan y las abandonan. El Cid pide justicia al Rey “que los castiguéis por follones, para que todos reconozcan públicamente la honra que han querido quitarnos” (pág.181), quien convoca las cortes en Toledo, donde los infantes de Carrión serán condenados a batirse en duelo contra los hombres del Cid, que finalmente ganan. La novela acaba con el anuncio de las bodas de las hijas del Cid con lo los herederos de los reyes de Navarra y de Aragón.

Al final la novela nos muestra los más importantes valores tradicionales: el bueno y valiente que lucha ante la adversidad, sin olvidarse de sus ideales, que le guían siempre en sus andanzas a pesar de sufrir persecuciones y envidias. En pocas palabras, el Cid se muestra como un intrépido capitán cristiano que triunfa en las batallas, que nunca se olvida de la lealtad hacia su familia y hacia su rey, y un compañero fiel para sus amigos. Como afirma la misma autora: “Más que una historia de buenos y malos, de vencedores y vencidos, transmite un mensaje de fe, amor, de honradez, de lealtad y de justicia, valores que el Cid campeador defendió a lo largo de toda su vida” (pág.11). Esta adaptación acerca al lector al gran personaje histórico gracias a las fuertes pinceladas de humanidad con las que la autora le retrata. Como en una buena novela de aventuras, además, enlaza sabiamente narración y diálogo de modo que logra motivar al lector para que descubra el desenlace de cada una de las peripecias del Cid.